Ilustración del mito de Jingwei: un pájaro negro vuela sobre el mar con una piedra en el pico

Los dioses que trabajan: una introducción a la mitología china antigua

La mitología china antigua es un mundo extraño y poderoso: dioses que trabajan con las manos, héroes que mueren sin terminar su tarea, pájaros que llevan piedras al mar sabiendo que nunca lo llenarán. Nació hace más de tres mil años y nunca dejó de circular —cambiando de forma, entrando en la poesía, en la novela, en el teatro, hasta llegar a las pantallas de hoy.

Este artículo es una primera entrada a ese mundo.


El pájaro que llena el mar

Una niña se ahogó en el Mar del Este. Regresó convertida en pájaro. Y desde entonces pasa su existencia entera llevando piedrecitas desde la montaña hasta el mismo mar que la mató.

Así lo cuenta el Clásico de los Montes y los Mares (山海经, Shān Hǎi Jīng):

有鸟焉,其状如乌,文首、白喙、赤足,名曰精卫,其鸣自詨。是炎帝之少女,名曰女娃,女娃游于东海,溺而不返,故为精卫,常衔西山之木石,以堙于东海。

Hay un pájaro cuya forma es la de un cuervo, con cabeza rayada, pico blanco y patas rojas. Se llama Jingwei (精卫, Jīngwèi), y su canto dice su propio nombre. Era la hija menor del Emperador Yan; en chino antiguo, su nombre significaba simplemente “la niña”. Fue a jugar al Mar del Este y se ahogó sin regresar. Por eso se convirtió en Jingwei. Siempre lleva en el pico ramas y piedras de la Montaña del Oeste para arrojarlas al Mar del Este.

No hay explicación. No hay promesa de victoria. Solo ese vuelo obstinado, ida y vuelta, para siempre.

Este es uno de los fragmentos más pequeños de la mitología china antigua. Y uno de los más difíciles de olvidar.

Un mundo que casi no llegó hasta nosotros

China antigua tuvo una mitología extraordinariamente rica. Las excavaciones arqueológicas lo confirman: en los restos de la cultura Hongshan (红山文化, Hóngshān wénhuà), en el noreste de China, se encontró un templo de la Diosa con cabezas femeninas pintadas de colores. En las pinturas rupestres de Yinshan hay figuras que invocan al sol y a los espíritus. En los estandartes de seda desenterrados en Changsha aparecen doce divinidades lunares con formas de serpiente y pájaro.

Había un panteón. Había historias. Había un mundo sobrenatural tan poblado y complejo como cualquier otro.

Pero algo pasó.

A diferencia de la mitología griega —que fue recopilada, celebrada y transmitida con cuidado durante siglos— la mitología china antigua llegó hasta nosotros en fragmentos. Una escena aquí. Un nombre allá. Una referencia de pasada en un texto filosófico. La razón no fue una catástrofe ni una invasión: fue una elección cultural.

Confucio (孔子, Kǒng Zǐ), el filósofo más influyente de la historia china, tenía una posición clara sobre los asuntos sobrenaturales: prefería no hablar de ellos. “No habla de prodigios, de violencia, de desorden, ni de espíritus”, dicen los Analectas (论语, Lún Yǔ). Los historiadores y los letrados que vinieron después tomaron ese principio como guía: los dioses fueron transformados en antepasados, las hazañas sobrenaturales en hechos históricos, los monstruos en metáforas morales. La serpiente de tres cabezas se convirtió en un funcionario corrupto. El dios de cuatro rostros se volvió un rey sabio que gobernaba los cuatro puntos cardinales.

A este proceso los estudiosos lo llaman “historización del mito” (神话历史化, shénhuà lìshǐhuà, la transformación de los mitos en historia). Su resultado fue que una parte enorme de la mitología china original se perdió para siempre.

Lo que sobrevivió lo hizo disperso: en el Libro de las Odas (诗经, Shī Jīng), en los textos filosóficos de Zhuangzi (庄子, Zhuāngzǐ) y Mencio (孟子, Mèngzǐ), en algunas crónicas históricas. Y sobre todo, en el libro que conserva más mitología china que ningún otro: el Clásico de los Montes y los Mares.

El gran almacén

El Clásico de los Montes y los Mares es un libro extraño. Nadie sabe bien quién lo escribió ni cuándo: se cree que fue compilado entre los siglos IV a.C. y I d.C., a partir de tradiciones de chamanes y adivinos de distintas regiones. Su contenido mezcla geografía, zoología fantástica, medicina, rituales y mitología en proporciones imposibles de separar.

Una página describe una montaña y los minerales que contiene. La siguiente presenta a un ser con cuerpo de serpiente y rostro humano que controla el día y la noche: “Su mirada es el alba, su pestañeo es la noche, su soplo es el invierno, su aliento es el verano. No bebe, no come, no respira: su respiración es el viento.” La siguiente página vuelve a la geografía.

La mayor parte de sus mitos son fragmentos: escenas sin contexto, personajes sin historia completa. “Hay diez dioses, llamados las entrañas de Nüwa, que se transformaron en dioses y viven en un campo ancho, caminando de un lado a otro.” ¿Qué significa eso? No lo sabemos.

Pero también hay relatos con principio, desarrollo y desenlace. Y algunos de esos relatos llevan tres mil años sin dejar de resonar.

Ilustración de criaturas del Clásico de los Montes y los Mares: seres fantásticos entre montañas y mares

Las historias que quedaron

Cómo nació el mundo

El más famoso de los mitos de creación chinos es el de Pangu (盘古, Pángǔ):

El cielo y la tierra estaban mezclados como el interior de un huevo. Pangu nació en medio de ellos. En dieciocho mil años, el cielo y la tierra se abrieron: lo claro y liviano subió y se convirtió en cielo; lo oscuro y pesado bajó y se convirtió en tierra. Pangu estaba en medio, y crecía un zhang (丈, zhàng: unidad de medida china equivalente a unos tres metros) por día. El cielo se elevaba un zhang, la tierra se hundía un zhang. Así pasaron dieciocho mil años más.

Cuando Pangu murió, su cuerpo se convirtió en el mundo: su respiración en viento y nubes, su voz en trueno, sus ojos en sol y luna, sus extremidades en las cuatro montañas cardinales, su sangre en ríos, su piel y sus pelos en plantas y árboles.

Esta idea —que el universo nació del cuerpo de un ser primordial— existe en muchas culturas del mundo. Lo que la hace particular aquí es la imagen del huevo: el cosmos como algo que se abre desde dentro, que no fue creado desde fuera por un dios voluntarioso sino que emergió, como la vida, desde su propio interior.

La diosa que reparó el cielo

Nüwa (女娲, Nǚwā) es una de las figuras más antiguas y más poderosas de la mitología china. Tiene cuerpo de serpiente y cabeza humana. Y tiene dos grandes hazañas.

La primera es haber creado a los seres humanos. Según el Fengsu Tongyi (风俗通义, Fēngsú Tōngyì, “Significado general de las costumbres”), antes de que existieran personas, Nüwa moldeó figuras de arcilla amarilla. Cansada del proceso, tomó una cuerda, la sumergió en el barro y la sacudió: los salpicones que cayeron también se convirtieron en personas. Los primeros, los modelados con cuidado, se volvieron nobles y ricos; los salpicones, gente común. El mito no solo imagina el origen de la humanidad: también intenta explicar por qué no todos llegamos al mundo en igualdad de condiciones.

La segunda hazaña es más dramática. El Huainanzi (淮南子, Huáinánzǐ, “El maestro de Huainan”) la narra así:

En tiempos remotos, los cuatro pilares del cielo se rompieron, la tierra se quebró. El fuego ardía sin extinguirse, el agua fluía sin parar, las fieras devoraban a la gente, los halcones rapaces se llevaban a los ancianos y a los débiles. Entonces Nüwa fundió piedras de cinco colores para reparar el cielo azul, cortó las patas de una tortuga gigante para sostener los cuatro puntos cardinales, mató al dragón negro para salvar el territorio de Ji, acumuló cenizas de caña para detener las inundaciones.

El cielo se había roto. Nüwa lo reparó. Sola, con sus propias manos, con piedras de colores fundidas en el fuego.

Ilustración de Nüwa, diosa con cuerpo de serpiente, reparando el cielo con piedras de colores

El agua que no se puede contener

En casi todas las culturas del mundo existe un mito del diluvio. En la Biblia, el diluvio es un castigo divino: la humanidad ha pecado y Dios la aniquila. El agua es un instrumento de juicio moral.

En la mitología china, el diluvio es otra cosa: es un desastre natural. No hay culpa. No hay castigo. Solo hay agua que sube y gente que se ahoga, y la pregunta urgente de cómo detenerla.

El primer héroe de esta historia es Gun (鲧, Gǔn). Robó al Emperador Celestial una sustancia mágica —la tierra que crece sola— para intentar contener las aguas. No esperó permiso. El Emperador, furioso, lo hizo matar. Pero la historia no termina ahí: según los textos antiguos, del cuerpo de Gun, que yacía sin descomponerse, emergió Yu (禹, ). Era como si la voluntad de terminar lo que había empezado no pudiera morir con él.

Yu pasó trece años recorriendo el territorio, estudiando el curso de los ríos, abriendo canales. Cuentan los textos que durante ese tiempo pasó tres veces frente a la puerta de su propia casa sin entrar. Que su cuerpo quedó marcado por el esfuerzo: sin pelo en las piernas, con las manos y los pies encallecidos, la cara ennegrecida. Que habló con el dios del río, que una tortuga divina lo ayudó, que un dragón trazó caminos con su cola.

Al final, las aguas retrocedieron. Yu dividió el territorio en nueve provincias y se convirtió en el fundador de la primera dinastía china.

El arquero y los diez soles

Houyi (后羿, Hòuyì) es el mejor arquero que ha existido. Y tuvo que serlo.

Según el Clásico de los Montes y los Mares, el Emperador Celestial tenía diez hijos que eran soles. Vivían en un árbol gigante y salían a turnarse, de uno en uno, para iluminar el mundo. Pero un día los diez decidieron salir juntos. La tierra empezó a quemarse. Los ríos se secaron. Los cultivos murieron. Los monstruos aprovecharon el caos para atacar a los humanos.

El Emperador encargó a Houyi que disuadiera a sus hijos. Houyi tomó su arco y disparó. Nueve soles cayeron. El décimo se quedó, y desde entonces sale solo, como debe ser.

Houyi también limpió la tierra de los monstruos que la asolaban: la serpiente de dientes de sierra, el gran viento, el jabalí gigante, la serpiente de los pantanos. No era un guerrero que buscaba gloria: era alguien que hacía lo que había que hacer para que los humanos pudieran vivir.

Los que no se rinden

Hay en la mitología china dos figuras que no encajan bien en ninguna categoría, y que quizás por eso son las más perturbadoras.

La primera es Xingtian (刑天, Xíngtiān, “el que fue decapitado por el cielo”). Desafió al Emperador Celestial y perdió: le cortaron la cabeza y la enterraron lejos de su cuerpo. Pero el Clásico de los Montes y los Mares añade algo que detiene la respiración:

Entonces usó sus pezones como ojos y su ombligo como boca, y blandió su escudo y su hacha de guerra, y danzó.

Sin cabeza. Muerto, en cierto sentido. Y aún así, danzando con su hacha hacia el cielo.

La segunda es Jingwei, la niña convertida en pájaro con la que empezamos. Su historia y la de Xingtian no son historias de victoria. Tampoco son historias de derrota. Son algo más difícil de nombrar: la imagen de una voluntad que no acepta ser definida por lo que le ha pasado.

Ilustración de Xingtian, el guerrero sin cabeza que sigue danzando con su hacha hacia el cielo

Lo que estos mitos dicen

Mirados en conjunto, los mitos chinos antiguos tienen un carácter que los distingue.

Sus héroes —divinos o semidivinos— no triunfan sobre el destino ni desafían a los dioses para demostrar su grandeza. Trabajan. Nüwa funde piedras. Yu mide ríos. Houyi dispara uno por uno. El Shennong (神农, Shénnóng, el Divino Granjero) prueba cien plantas para encontrar las que curan, encontrando setenta venenos en un solo día. Y lo que impulsa todo ese trabajo no es la ambición ni la gloria: es la vida de la gente. Nüwa repara el cielo porque las fieras están devorando a los humanos. Yu deja pasar su propia casa porque hay nueve provincias que salvar. Houyi limpia la tierra de monstruos para que otros puedan vivir en ella. Los estudiosos chinos tienen un nombre para esta actitud: hòushēng àimín (厚生爱民), el amor profundo por la vida y por el pueblo. Es uno de los valores más constantes de la cultura china, y sus raíces están aquí, en estos mitos.

Hay también en estos mitos una conciencia muy clara de que el mundo no es un lugar seguro. Las inundaciones son reales. Los monstruos son reales. El fuego que no se extingue, el agua que no para: estas imágenes vienen de una experiencia histórica concreta. El río Amarillo, que dio origen a la civilización china, fue durante milenios una fuente de catástrofes tanto como de fertilidad. Esta conciencia —la de vivir en un mundo que puede destruirte en cualquier momento— impregna los mitos chinos de una gravedad que los distingue de otras tradiciones. No hay inocencia aquí, ni distancia cómoda frente al peligro. Solo la lucidez de quien sabe lo que puede pasar, y trabaja igual.

Frente a eso, la respuesta que dan estos mitos no es la resignación ni la huida: es el trabajo incansable, la inteligencia aplicada al problema, y —en los casos extremos de Jingwei y Xingtian— la voluntad de seguir incluso cuando ganar ya no es la pregunta.

Una tradición que nunca se interrumpió

La historización confuciana redujo el espacio oficial de los mitos, pero no apagó el fuego. Lo que hizo fue liberar esa energía hacia otras formas.

Zhuangzi, en el siglo IV a.C., transformó los mitos en parábolas filosóficas: su pez Kun que se convierte en el enorme pájaro Peng y vuela noventa mil li hacia el sur es mitología pura revestida de pensamiento. Qu Yuan (屈原, Qū Yuán), el gran poeta del siglo III a.C., los habitó desde adentro: en el Lamento (离骚, Lí Sāo) vuela con dragones, visita a los dioses, busca en el mundo sobrenatural lo que el mundo humano le ha negado.

Pero los mitos no vivieron solo en la poesía de los letrados. Desde muy temprano florecieron también en la literatura popular: las colecciones de relatos fantásticos conocidas como zhiguai (志怪, zhìguài, “registros de lo extraño”) empezaron a circular en la época Han y nunca dejaron de hacerlo. Fantasmas, zorras que se transforman en mujeres, dragones que habitan los ríos, espíritus que visitan a los vivos: esta tradición recorre toda la historia de la literatura china, desde las Historias de búsqueda de lo sobrenatural (搜神记, Sōushén Jì) del siglo IV hasta los Cuentos de Liaozhai (聊斋志异, Liáozhāi Zhìyì) del siglo XVII, que Pu Songling (蒲松龄, Pú Sōnglíng) escribió como si los espíritus fueran sus únicos interlocutores verdaderos en un mundo que no lo escuchaba.

En la novela Viaje al Oeste (西游记, Xī Yóu Jì), el Mono Rey nació de una piedra —la misma piedra sobrante que Nüwa usó para reparar el cielo— y desafió al Cielo con una energía que viene directamente de los antiguos dioses que no se rinden: Xingtian que danza sin cabeza, Gonggong (共工, Gōnggōng) que derriba el pilar del cielo.

Esta vitalidad no se detuvo. La literatura de lo fantástico y lo sobrenatural sigue siendo una de las formas más vivas de la narrativa china contemporánea: en novelas, en series, en el género que hoy se llama xianxia (仙侠, xiānxiá, “héroes inmortales”), donde inmortales y demonios habitan un mundo que reconoce sus raíces milenarias.

Los mitos no se conservaron a pesar de la historia. Se transformaron con ella, encontrando siempre nuevas formas de contar lo mismo: que el mundo es más grande y más extraño de lo que parece, y que frente a eso, lo que queda es seguir.

Como Jingwei. Con su piedra en el pico. Volando hacia el mar.


Este artículo forma parte de una serie introductoria sobre la literatura china para lectores de habla hispana. El análisis sigue la propuesta de Yuan Xingpei (ed.), Historia de la literatura china, vol. 1 (Higher Education Press, 3.ª ed., 2014).

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